Adelaida Del Campo | 24 Febrero, 2019.- El juicio por combate era una solución del derecho germánico medieval para resolver acusaciones, en ausencia de testigos o de confesión, en la que las dos partes en conflicto luchaban en combate singular.

El ganador de la pelea era proclamado como poseedor de la verdad en lo que en esencia se trataba de un juicio judicialmente sancionado que se mantuvo vigente durante toda la Edad Media europea y fue desapareciendo paulatinamente durante el siglo XVI.

Hasta que llegó Juego de Tronos, donde se escenifican tres “juicios de Dios”, también conocidos como desafío por combate, juicio por batalla o juicio judicial.

Fue un recurso por los antiguos pueblos germánicos, pero también por los borgoñones, francos, lombardos y suecos, entre otros.

En Escandinavia medieval, la práctica sobrevivió a lo largo de la época de los vikingos, pero era desconocida en el Derecho Romano y tampoco figura en las tradiciones orientales, ni en la sharía o en la torá.

Se trata de un ritual muy específico que apelaba a Dios para que interviniera en favor del hombre que tuviera la razón, algo bastante ingenuo dado que el más fuerte o el más rico a la hora de contratar un mercenario, llevaba todas las de ganar.

Simplemente, era una disputa legal muy literal que, con el tiempo se terminó convirtiendo en una especie de espectáculo que se celebraba en sitios destinados específicamente para ello y con la asistencia de un público entusiasta.

Enraizada en el derecho tribal germánico la práctica del combate se regulaba en varios códigos legales germánicos, que prescriben diferentes aspectos de la liza, tales como el equipamiento y las reglas.

Las crónicas medievales relatan muchos de estos juicios, como una disputa en 1251 entre el abad de Meaux –que resultó perdedor- y de St. Mary’s of York, en Inglaterra, por la propiedad de unos bienes, si bien ambos compraron a unos campeones en el mercado de espadachines para que pelearan por ellos.

Detrás de muchos de estos juicios por combate subyacían intereses económicos, de propiedad de tierras o de lindes, como el caso de dos familias en disputa por la frontera entre sus posesiones.

Un puñado de tierra de la parcela en litigio se colocó entre los contendientes y acto seguido comenzó la pelea. La parte vencida, además de perder su demanda, se vio obligada a pagar una multa.

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