La Corte Suprema de Justicia culminó el pasado fin de semana el primero y único programa nacional de divulgación constitucional que se ha realizado en El Salvador. Al menos en los últimos cincuenta años de su vida política.

Fueron 262 fines de semana en que los magistrados de la Sala de lo Constitucional sacrificaron la comodidad del hogar por agotadoras jornadas de trabajo patriótico en las que llevaron ejemplares de la Constitución de la República hasta los rincones más alejados de nuestra geografía nacional.

Al acto de clausura, frente a la centenaria Iglesia de Panchimalco, asistieron los ilustres embajadores del Reino Unido y de España que entienden perfectamente bien el significado y los alcances de la tarea cumplida por la Corte Suprema de Justicia de El Salvador y la Sala de lo Constitucional, intérprete por excelencia de la Constitución, de su forma, de su contenido y de sus principios. No vimos ni políticos ni funcionarios de gobierno, ni diputados.

El objetivo de ese esfuerzo, por el que nadie cobró un centavo, era cumplir el sueño de sus promotores de que que no hubiese un tan solo un lugar del país donde los jóvenes no conocieran el significado y la importancia de los términos “Derechos y Obligaciones” que regula nuestra Constitución así como su contenido y sus principios dogmáticos. Todo ello con la esperanza de poder contar con mejores jóvenes y por ende con una mejor nación.

Tuvimos la suerte de acompañar a más de un magistrado en esos patrióticos sábados en que se desplazaban a lo largo del país, aún con  los riesgos que implicaba la violencia imperante, con las inclemencias del tiempo o con la indiferencia eterna de los necios.

La constitución, ese librito que ahora está en el bolsillo de cientos de miles jóvenes de toda clase, de todo género, de toda etnia y de toda religión, ha dejado de ser una palabra para convertirse en una guía. Ese librito es ahora para esos jóvenes, la fuente de conocimiento de los deberes y los derechos del ciudadano puro y honesto, que les acredita como seres humanos capaces de luchar enfrentados a cualquier desafío.

En esta época, donde el crimen es proyecto o comentario de todos los días, la labor realizada por los magistrados de la Sala de lo Constitucional es de enorme envergadura, es, haciendo un símil de las frases con que Florentín Meléndez trae a cuenta los ideales de Don Quijote de la Mancha cuando se dirige a los jóvenes, una verdadera quijotada de la que se deben sentir orgullosos.

Enseñar en todos los confines de la patria los deberes y obligaciones que la constitución encierra en sus 274 artículos, traducirla al Náhuatl para conocimiento de nuestros ciudadanos originarios o publicarla en sistema braille para que “miren” los no videntes, tuvo que ser una tarea agotadora aunque, imaginamos, una tarea satisfactoria.

El magistrado Florentín Meléndez, cabeza visible de esas históricas jornada cívicas de la Corte Suprema de Justicia, al igual que sus compañeros de Sala, sembraron, y sembraron bién. Estamos seguros que la cosecha será rica en frutos a muy corto plazo, con futuros funcionarios que, como Don Quijote y Sancho, cumplan los dictados de su conciencia ilustrada, aquella que les permite distinguir entre gigantes y molinos de viento donde quiera que ellos batan sus brazos o aspas, según corresponda, sosteniendo ideales en tiempos en que un pragmatismo carente de la esencia de una enseñanza seria y de la relevancia de acto fecundo, tilda fácilmente de locos a aquellos que por el estudio, la justicia y el trabajo y sin intervenciones extrañas, pretenden por su propio esfuerzo purificar al ser humano, conducta que por lo demás, si aquellos tuvieran razón y fuera efectivamente una locura, sería de aquellas que Silvio Rodríguez aconseja llanamente no curar. Los magistrados fueron por hoy verdaderos caballeros errantes.

El de caballero errante es más que un oficio, una forma de vida, una manera de asumir la realidad. Podrán luego de cada lance encontrarse exhaustos y muchas veces desalentados y derrotados. Pero el cansancio es pasajero y la derrota un estímulo que motiva y alienta la vocación de la lucha, por lo que pronto comienzan a sentir nuevamente bajo sus talones el enjuto costillar de Rocinante, y vuelven al camino, con su adarga al brazo. Gracias, señor presidente de la Honorable Corte Suprema de Justicia, gracias señores magistrados, gracias en nombre de esos jóvenes que ahora podrán reclamar sus derechos y también cumplir sus obligaciones, que harán suya la ultima frase con que el magistrado Meléndez culminó el evento: El Respeto al derecho ajeno es la paz. Ustedes serán a partir hoy sus héroes por haberlos dotados de herramientas para incentivar cambios pacíficos en la sociedad y para actuar con con conciencia crítica. El teórico social francés Michael Foucault, dice que “Hay que ser un héroe para enfrentarse a la moralidad de la época”

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here